martes, 30 de marzo de 2010

Baba Yaga (mito eslavo)


Prestad atención, porque esto es cierto:

En lo más recóndito de un bosque de abedules en el corazón de Rusia había un pequeño calvero donde vivía la bruja Baba Yaga, delgada y siempre hambrienta. Su cabaña estaba construida sobre una pata de pollo enorme, y la valla en torno a la casa estaba hecha con huesos de las personas que había devorado. Cuando Baba Yaga viajaba, iva en un mortero, con un almirez en la mano y borrando sus huellas con una escoba. Además una de sus piernas era de hueso, pues ella caminaba entre los mundos de los vivos y los muertos. Vivía sola, aunque esporádicamente recibía visitas de viajeros extraviados, pocos de los cuales sobrevivían para contarlo. Uno de ellos fue una tímida muchacha llamada Vasilisa.

Cerca del bosque donde vivía Baba Yaga había una pequeña casa donde vivía una desagradable mujer con sus dos igualmente desagradables hijas. La madre se había casado con un rico comerciante viudo el cual trajo a vivir con ellas a su hija Vasilisa. El caso es que la presencia de Vasilisa molestaba de sobremanera a las mujeres ya que era muy bella, en contraste con la resaltada fealdad de la que hacían gala madre e hijas. Sucedió que un día el padre de Vasilisa tuvo que salir en viaje de negocios, dejándola al cuiadado de su esposa. Ésta le encomendaba muchas tareas duras y desagradables para desquitarse, aunque al final del día estaban todas hechas. El secreto de Vasilisa residía en la muñeca que le había legado su madre, la cual estaba viva y ayudaba a la muchacha en su día a día.

Una vez, la madrastra urdió un plan para deshacerse definitivamente de Vasilisa. Para ello, cuando llegó la noche, usó disimuladamente un sortilegio que hizo que todas las velas de la casa se apagaran.

-No tenemos nada con que hacer luz, y no podremos trabajar por las noches. Anda Vasilisa, sal y ves a casa de Baba Yaga, y que te de lumbre.

Muerta de miedo, la muchacha se internó en la espesura del bosque, buscando la cabaña de la bruja. El viaje fue terrible en la oscuridad, pues multitud de extraños ruidos provenían de las profundidades del mismo, aullidos y gemidos ininteligibles. Cuando llegó a un claro oyó un galopar. De entre la espesura surgió un jinete vestido de blanco, montando un caballo blanco y portando una lanza blanca. A su paso, salió el alba. Siguió caminando, y, al cabo de unas horas, se cruzó con otro jinete, todo vestido de rojo, con una espada roja y montando un caballo ruano. El aire empezó a calentarse. Finalmente, cuando a lo lejos Vasilisa divisó la caballa de Baba Yaga, un tercer jinete cruzo a su lado, montando un caballo negro y portando un manto del mismo color. Cayó la noche.

La valla de la casa, hecha de huesos humanos, estaba decorada con calaveras que emitían una fantasmagórica luz por sus vacías cuencas. Cuando llamó nadie salió a abrirle, por lo que aguardó el regreso de la bruja. Al cabo de un rato y tras un crujir de ramas, Baba Yaga hizo acto de presencia.

- Mí madrastra me manda a perdirte luz venerable anciana.

- Ya se quien te envía -replicó la bruja-. Pero si quieres que te de luz tendrás que trabajar para mi.
De este modo, la bruja le encomendaba multitud de tareas, a cual más dificil. La muchacha estaba amenazada de que si no acababa todo lo que la bruja le mandaba ésta la devoraría. Pero con la ayuda de su muñeca podía realizar todas las tareas.

Un día la bruja regresó de muy buen humor, por lo que tras cenar se puso a charlar con Vasilisa.

- Ciertamente hasta ahora has sido una sosa y has estado muy callada. Puedes preguntarme algo, si sientes curiosidad y eres lo bastante valiente. Pero te prevengo que no todas las preguntas obtienen la respuesta deseada.

Vasilisa hizo acopio de coraje y preguntó:

- Baba Yaga, quiero preguntarte quiénes son los jinetes que vi cuando venía hacia aquí. - Dice mucho a tu favor que preguntes por cosas que ocurren fuera de esta cabaña -comentó la bruja con una repugnante sonrisa-. No me gustan las jovencitas que fisgonean en mis asuntos. Muy bien, te lo diré. Esos tres jinetes son mis sirvientes. El hombre de blanco es mi alba, el hombre de rojo es mi sol y el hombre de negro es mi noche. Y ahora yo te pregunto ¿Cómo puedes hacer todo lo que te pido?

- Gracias a la bendición de mi madre.

No tenía que sentir miedo: a Baba Yaga le disgustaba sobremanera cualquier tipo de bendición. Con un gruñido se levantó de la silla y empujó a Vasilisa fuera de la cabaña. Cogió una calavera de la valla, la clavó en una estaca y se la entregó.

- Aquí tienes luz. Ahora lárgate.

El regreso a casa fue terrorífico. Los árboles le cerraban el paso y en el sotobosque se veían extraños resplandores y oía misteriosos ruidos. Pero Vasilisa sostenía con firmeza el palo en que llevaba la calavera y las cuencas le iluminaban el camino.

Cuando se hizo de día los ojos de la calavera se apagaron. Pensando que ya no le sería útil decidió tirarla, pero cuando iva a hacerlo, una voz penetrante salió desde lo más profundo de la calavera:

- No me tires. Tienes que entregarme a tu madrastra y tus hermanastras, pues soy para ellas.

Cuando Vasilisa entró en casa y salieron a recibirla las cuencas de la calavera se iluminaron y abrasaron a las mujeres. Horrorizada, Vasilisa enterró la calavera y huyó de la casa para no volver.

Fuente: VV.AA. Magos y Brujas, Ediciones Folio, Barcelona 2002, pp. 123-136. 

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